Experiencia del Cuerpo Europeo de Solidaridad

Experiencia de Gabriela en Ciney, Francia

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Mi experiencia

Desde mi llegada aquí a esta pequeña ciudad, ha habido mil cosas nuevas que aprender. La diferencia repecto a Madrid no es exactamente abismal pero sí bastante dispar. Si bien ya conocía el país de visitas en años anteriores, esta vez he profundizado mis conocimientos en la vida social (tan distinta a cómo la vivimos en Madrid), la geografía y el orden territorial de las regiones y su respectiva historia y algún que otro detalle que ha logrado sorprenderme. Me hace gracia, por ejemplo, que aquí no friegan con fregona. En cambio, cogen un trapo, lo arrastran y luego lo exprimen a mano. No me acostrumbré hasta pasadas varias semanas. Echo de menos la fregona e incluso podríamos hablar de la comida. Muchos hogares tienen una freidora para las patatas fritas, dado que es el país de las mismas. Ahora entiendo que los españoles vivan más tiempo. Añado también que el estilo de vida es costoso para alguien procedente de España. Ir al supermercado sale caro y ni se te ocurra comer fuera porque te sacan un riñón. Así, he intentado ahorrar y comprar lo más barato.


Dejando de lado las diferencias, también es cierto que he adquirido habilidades como cocinar, algo de francés y a controlar mis emociones de manera más eficaz. Añadida a mi experiencia previa como profesora particular para niños, la adquisición y el trato continuado con grupos más extensos de éstos me ha permitido madurar en varios sentidos, siendo uno de ellos mi capacidad comunicativa y de organización. Los niños con los que trabajamos aquí en AMO Le Cercle provienen de ambientes y familias con un trasfondo difícil. Además, aquí tienen una política de inclusión más profunda que en cualquier otro sitio conocido. Tanto que así, hasta los adolescentes/niños menos propensos a comportarse o a aprender son bienvenidos. La paciencia expresada por mis compañeros de trabajo es admirable. A mí personalmente me ha costado esfuerzo mental añadido en algunas ocasiones, pues no es precisamente fácil tratar con algunos. De todos modos, lo antedicho me servirá tanto en futuras ocasiones como en mi desarrollo psicológico. También decir que ver tan de cerca estos contextos me ha hecho reflexionar sobre el estilo de vida de unos y otros y saber valorar con lo que he nacido (lo material y la educación, entre otros).

Por otra parte, he tenido una experencia completamente nueva, y es que he convivido por un (relativamente) largo tiempo con dos otras voluntarias. Nunca es fácil, pero es una forma adicional de aprender a tratar con personas previamente desconocidas y que no han sido escogidas por uno para la vivienda. Hay que adaptarse y a veces reprimirse las ganas de decir ciertas cosas por el bien común y por evitar peleas innecesarias. Aun así, ha habido ciertos altercados que han complicado mi relación con una de ellas. A día de hoy no nos hablamos apenas, puesto que no somos personas precisamente compatibles si cabe. Por lo demás, tampoco tengo mucha relación con mis compañeras de piso y eso ha agravado en cierta medida la soledad que se experimenta aquí.  La gente tiene una idea distinta de lo que es socializar en este lugar. Son más cerrados y menos propensos a entablar conversación con desconocidos y posteriormente formar amistades con ellos, a diferencia, creo yo, de España. Dado el tiempo meteorológico tan impredecible y predominantemente lluvioso, las actividades sociales se realizan en interiores. Y así, con la pandemia interminable que vivimos hoy en día, resulta casi imposible crear nuevas amistades y conocer gente. Es por ello que llegado ya el final, me he sentido sola y un tanto aislada del mundo exterior. Para concluir este párrafo, quiero destacar que de no haber sido por dos familias hispanohablantes enormemente atentas y agradables que he conocido aquí, mi situación mental habría terminado peor, pues como me decían en la carrera de Psicología, los humanos somos seres hipersociales que se deprimen al carecer de contacto con otros de su especie.

Lamentablemente, y retomando el asunto, el coronavirus ha estropeado gran parte de mi tiempo aquí. Desearía poder mitigar el peso de la palabra estropear, pero creo que es imposible. Todas las tareas que me podrían haber asignado aquí fueron anuladas poco tiempo después de llegar. Las clases de francés a su vez también fueron canceladas y mi adquisición del idioma se vio atrasada; tanto, que al final no puedo ni tener una conversación básica con un belga de la región valona. En algún punto empecé a frustrarme y vi que tampoco intentaron retomr el curso vía online. Como consecuencia de esto, la comunicación con los niños y adolescentes ha sido muy limitada, ya rozando lo nulo al final. En las zonas más rurales como esta, no se habla inglés, y si se llega a dar el aprendizaje de una lengua es de neerlandés. Por suerte hablan un poco de inglés en donde trabajo. No es mucho, pero lo suficiente para entendernos.

Al final, ha sido una experiencia un tanto incompleta a mi juicio y se han quedado muchas cosas en el aire. Como ya he comentado, la pandemia ha sido una de las razones más grandes en esto, complicando asuntos tan necesarios como la socialización. A mi parecer, tampoco he tenido la suerte deseada en términos de convivencia en el piso y algunas diferencias culturales mencionadas anteriormente como la percepción de las actividades sociales también han resultado ser un obstáculo. Sin embargo, otra parte de mis vivencias en Ciney han sido de mi agrado y me han ayudado en última instancia a madurar y a crecer como persona. Es por ello que no me arrepiento de haber realizado mi voluntariado en tiempo tan difíciles como los que corren. Agradezco al mismo tiempo a toda aquellas personas que me trataron bien y me acogieron cuando todo parecía tambalearse, ya que fueron clave a la hora de formar buenos recuerdos de este lugar.

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