Aprendiendo a disfrutar de la vida. Gaueko en Vukovar (Croacia)

Ya ha pasado un mes. Treinta días desde que terminó mi EVS. Y aún no me lo puedo quitar de la cabeza; aún sigo pensando en Vukovar. Aún es el día que, caminando por la calle, giro la cabeza al escuchar una conversación en castellano o en euskera. «¿¡Qué hace uno de mi tierra por aquí!?»; pienso.

Vukovar es un pueblo tranquilo; caluroso en el verano, frío en el invierno. La gente es amable.

Entre fachadas agujereadas por la guerra de hace 25 años y cervezas, los vukovarenses caminan felices, aunque con cierto halo de tristeza en un municipio que está perdiendo población cada año. El goteo es lento, ya que los jóvenes abandonan el pueblo para estudiar o labrarse un futuro en las grandes urbes de Croacia o Serbia.

Mi estancia abarcó los meses cálidos. Seis compañeros fuimos, y el último en partir fui yo.

Durante seis meses, con sus 184 días, fueron un vaivén de emociones y sensaciones. Nuevas amistades, la historia en primera mano contada por sus habitantes e infinidad de nuevos retos, nuevas actividades y algo nuevo que aprendía.

El primer día me acuerdo que me sentí indefenso, lejos de mi hogar, rodeado de personas de diferentes nacionales y en un ambiente totalmente diferente para mí. El sentimiento de añoranza descendía al mismo ritmo que mi inglés crecía a pasos agigantados. Me sentía como uno más; pese a una barrera idiomática inicial.

Trabajar con mayores era la línea principal de mi proyecto, pero no se quedaba allí.

Actividades cada semana para gente joven, clases de castellano que impartía para el que quisiese, trainings, tanto como participantes como formador y un Youth Exchange en la propia asociación hicieron que el tiempo de mi EVS volase a plena potencia.

Y todo ello a un ritmo lento. Un ritmo alejado de la exigencia de una gran ciudad, de una población que se te exige ser productiva. Un ritmo que ayudaba a despejar la cabeza, que permitía pensar.

Tuve que involucionar para evolucionar. Tuve que dejar de ser productivo para empezar a ser productivo.

No fue todo trabajo y trabajo. Las risas, el buen ambiente y unas cervezas Jelen en “el marítimo” (Bar de reunión en el centro de Vukovar) permitían sobrellevar un caluroso verano, en el que cada día había algún plan. Incluso, fuese no hacer planes.

Me perdí por Serbia y Croacia. Viajé al corazón de Bosnia y Herzgovina. Me bañé en las aguas del Adriático. Salí de fiesta por Belgrado. Me aburrí tremendamente en la anodina Podgorica.

Me ejercité en el parque de Adica. Pasé una noche en silencio, mirando las estrellas en un pueblo perdido en el corazón de Croacia, sin una luz que contaminase el despejado cielo estrellado. Hice autostop, dormí varias veces en una parada de autobús…una infinidad de nuevas experiencias.

Y sin darme cuenta, mi cuerpo y mi mente cambiaba. Los bienes materiales, propios de un país desarrollado, ya no tenían valor para mí. Aprendí a ser feliz, a valorar la vida más allá de lo material.

Fionna, Ana, Sarah, Noah, Mikkel, Sasa, Jakob…son muchos de los tantos nombres grabados en mi mente. Nombre que me trasmiten una gran sonrisa. Bien ayudando a una anciana que nos cuenta sus historias de juventud, bien viajando con una mochila por los Balcanes, o bien tomando una cerveza. Y es que hacer las labores de voluntariado en MGMD (Mirovna Grupa Mladih Danuv, o YPGD, sus siglas en inglés) eran gratificantes.

Y cuando quise darme cuenta, los seis meses habían volado. A ritmo “polako”, pero totalmente intensos. El Gaueko que llegó a Vukovar no era el Gaueko que abandonó la ciudad de Vukovar.

Si alguien me pregunta si merece la pena; solamente puedo decir SÍ. Un sí rotundo. Da igual el destino, da igual las condiciones, pero es una experiencia única. Una experiencia para aquellos que la quieran coger y estén dispuestos a salir de la rutinaria vida que nos exige la sociedad.

Para aquellos que quieren meter una marcha más a su vida.

Tuve que involucionar para descubrir que es vivir de verdad.

Escrito por Gaueko Mateo, voluntario europeo en Croacia

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